Mató su novia porque no quiso meterse a “prepago” en Panamá

Mató su novia porque no quiso meterse a “prepago” en Panamá 


 Cristian Antonio Cooz/

Juan Cortez tenía buen porte, una sonrisa encantadoramente perfecta,  bíceps y tríceps bien tonificados; poseía “cuadritos” en el abdomen como si se tratara de una “lorica musculata”, una de esas armaduras que usaban los antiguos oficiales y emperadores romanos para simular la musculatura de un cuerpo de guerrero desnudo, aunque tuvieran una “rolo ´e panza”.
Juancillo, como le conocían sus panas, tenía además un cabello con rulos entre lacios y rebeldes que le caían al hombro, que le daban un aspecto elegante. Sus maneras eran suaves; se metía a la gente en el bolsillo con palabras amables y una sonrisa que parecía franca y desenfadada.
Parecía que no había nada que no consiguiera Juancillo si utilizaba todo su magnetismo animal para lograr sus fines. Lamentablemente esas ventajas de que lo había dotado la vida, Juancillo parecía utilizarlas de una manera perversa, en vez de edificar su persona con ellas.
Cuatro cucarachas
jugando dominó
y una anotando
 Y es que Juancillo eran lo que se dice un “coco seco” –por decirlo de la manera amable-, su familia, aunque no era rica, le había proporcionado los medios materiales y morales, como para que se abriera camino en la vida y se labrara un buen porvenir.
Desgraciadamente este muchacho de 25 años, nacido en Valencia, estado Carabobo, hijo único, se había convertido en un “vive la pepa”. Se había negado a estudiar ni a trabajar. Quería hacer plata hereje, pero sin trabajar. Le había seducido el camino fácil y cada vez que podía evitar el trabajo, lo hacía sin vergüenza alguna. “Yo voy a ser millonario, pero sin trabajar; el trabajo es para los idiotas” decía una y otra vez a sus compinches tan sinvergüenzas como él.
Así, Juancillo, quien se la pasaba pantallando todo el día en un Mazda que su padre le había comprado, había usado todos sus encantos para conquistar a Janice Castillo de 24 años, una chica de una familia humilde,  pero de una inteligencia suprema y con la belleza de una diosa del panteón griego.
Ella era chelista, desde pequeña había sido atraída por la música clásica y su amor por el violonchelo creció hasta convertirla en una excelente ejecutora del noble instrumento de cuerdas. Mozart, Beethoven siempre fueron su pasión,  así como los otros grandes de la música clásica.
Solo en lo físico, Janice y Juancillo hacían pareja. A ella, pese a inclinarse por la música clásica, le gustaba todo tipo de música y disfrutaba bailando y disfrutando sanamente como a la mayoría de los jóvenes, pero tenía límites y metas inalterables; por su parte, Juancillo, era amante del reggaetón más perrero que pudiera existir. “No había nada de malo en eso”, decían algunos de sus amigos en común, eso hacía el equilibrio de una relación sana. Lo malo, era que llegó un momento en que Janice y Juancillo se dieron cuenta que vivían en mundos totalmente diferentes, pero aun así, ella lo amaba y quería seguir con él. El señor Arturo, padre de Janice, le había dicho a ella: “ese muchacho no me gusta. Parece que solo tiene en el cerebro cuatro cucarachas jugando al dominó, una anotando y otra trayendo cervezas”.
Un día, a Janice le salió una posibilidad de instruir niños en el violonchelo en el Instituto Nacional de Música de Panamá. Emocionada, no lo pensó dos veces. Dijo que sí. Sus sueños comenzaban a hacerse realidad, pues desde ahí, podría pasar a otros prestigiosos conservatorios en su prometedora carrera.
El hombre lobo
peló sus colmillos
Solo le pesaba dejar en Venezuela a su amado Juancillo, pero era más poderoso el amor por la música que por él y ella misma se dio cuenta de eso. Con pesar, ella le informó su decisión a Juancillo. Este montó en cólera y la insultó como nunca antes lo había hecho. Le dijo que era una ramera y que seguro se iba a Panamá a revolcarse con otros. Juancillo tenía los ojos rojos como ascuas, jadeaba y maldecía una y otra vez, haciendo ademanes amenazantes que hicieron que Janice temiera por sus seguridad. “El hombre lobo había mostrado sus colmillos”. Eso bastó.
Janice terminó a Juancillo. Eso le hizo más fácil a la inteligente chica marcharse a Panamá sin remordimientos. Pasaron algunos meses y ella, se encontraba como pez en el agua, haciendo lo que le gustaba. Él por su parte, dedicó todo ese tiempo a sus trampas, sus negocios chimbos y también a planear (por consejo de un compinche), cómo recuperar a Janice, pues era evidente que ella se estaba “ganando una pega” y Juancillo (según su cerebro cínico), tenía derecho a “esas lucas”, pues en el año que duraron de novios, él la llevaba y traía a la universidad.
Con ese argumento tan mezquino, bajo e idiota, Juancillo se propuso contactarla con mucho cuidado. Las redes sociales fueron el medio por el cual le explicaba que estaba “devastado y solo” desde que habían terminado la relación y que ya nada le interesaba, solo volver a estar con ella.El hombre lobo
peló sus colmillos
Solo le pesaba dejar en Venezuela a su amado Juancillo, pero era más poderoso el amor por la música que por él y ella misma se dio cuenta de eso. Con pesar, ella le informó su decisión a Juancillo. Este montó en cólera y la insultó como nunca antes lo había hecho. Le dijo que era una ramera y que seguro se iba a Panamá a revolcarse con otros. Juancillo tenía los ojos rojos como ascuas, jadeaba y maldecía una y otra vez, haciendo ademanes amenazantes que hicieron que Janice temiera por sus seguridad. “El hombre lobo había mostrado sus colmillos”. Eso bastó.
Janice terminó a Juancillo. Eso le hizo más fácil a la inteligente chica marcharse a Panamá sin remordimientos. Pasaron algunos meses y ella, se encontraba como pez en el agua, haciendo lo que le gustaba. Él por su parte, dedicó todo ese tiempo a sus trampas, sus negocios chimbos y también a planear (por consejo de un compinche), cómo recuperar a Janice, pues era evidente que ella se estaba “ganando una pega” y Juancillo (según su cerebro cínico), tenía derecho a “esas lucas”, pues en el año que duraron de novios, él la llevaba y traía a la universidad.
Con ese argumento tan mezquino, bajo e idiota, Juancillo se propuso contactarla con mucho cuidado. Las redes sociales fueron el medio por el cual le explicaba que estaba “devastado y solo” desde que habían terminado la relación y que ya nada le interesaba, solo volver a estar con ella.
Un astuto
y serpentino
estafador
Con palabras de amor y lisonjas para ella y palabras de desprecio y autocastigo para él, Juancillo. Cual astuto estafadora serpiente, con su vaho siniestro, la convenció a Janice de que lo pasado había sido un malentendido, producto del dolor que le ocasionó que ella se marchara de su lado. La trabajó con tal maestría, digna de mejor causa,  que Janice terminó creyéndose que ella era la mala y él, solo el manso cordero sacrificado.
Janice no le dijo nada a su padre ni al resto de la familia, pero arregló todo y compró el boleto de avión para que Juancillo fuera a reunirse con ella en Ciudad de Panamá. No podía saberlo, pero ella… estaba pagando su propia muerte. Le estaba poniendo el cuello en el madero “al verdugo que manejaba el hacha”.
Sin intuir nada malo, Janice se dedicó a hacer que Juancillo se sintiera como en casa. Lo llevó al apartamento que tenía rentado, le compró ropa, zapatos y hasta le dio para que alquilara un automóvil.
“¿Por qué no te
haces prepago
y yo cobro”
A la semana de haber llegado, ambos estaban en el apartamento acostadops en la cama viendo TV. Es anoche, Juancillo inició una conversación que tomó derroteros siniestros. Le hizo saber a ella que “eso de la música” era pérdida de tiempo, que si ella quería, ayudarlo, debía dejarlo administrar sus finanzas y también, acceder a convertirse en “una dama de compañía”, que con eso, se harían sumamente ricos, tendrían más dinero del que los padres de ella podría heredarle, darle en vida o del que su trabajo como chelista le proporcionaría.
Janice se incorporó en la cama y preguntó: “¿Me estás proponiendo que venda mi cuerpo?”, fueron sus pausadas y cautas palabras. Sin saber si aquella pregunta era de alguien ofendido o de verdadero interés por la propuesta indecente y criminal, Juancillo le contestó: “Sí. Tú estás muy buena y sé que aquí pagarían muchos dólares por usarte. Eso con jabón se lava”, fue la cínica respuesta de Juancillo, quien con su sonrisa encantadora, quiso darle un tono amable y hasta chistoso al sórdido asunto.
Aquello fue demasiado. La comedida y equilibrada Janice estalló. “!Eres un monstruo! ¡estás loco o qué!”, le espetó a Juancillo, quien en vez de intimidarse, se creció en violencia. Él le gritó a su vez: “Eres una zorra. Te viniste aquí a convertirte en una prepago, a pegarme cachos, pero no quieres que yo cobre nada por los servicios sexuales que prestas”.
En el fondo
de su laguna
mental
El endemoniado sujeto tomó un enorme cuchillo de la cocina y sin piedad, se lo clavó una y otra vez hasta la empuñadura a la pobre Janice. Pese a las mortales heridas, la chica reunió fuerzas y salió en ropa interior a la calle, mientras su verdugo la perseguía apuñalándola por la espalda. Ella solo llegó a la acera de enfrente pidiendo ayuda y ahí se desplomó para no levantarse nunca más.
Luego de eso, el torbellino de la locura se apoderó del minúsculo cerebro de Juancillo y ya no supo más de si hasta que en plena calle, corría desorientado hacia ninguna parte, hasta que fue detenido por la policía mientras estaba sentado en el banquito de un parque.
Al parecer, en el fondo de su pestilente laguna mental, habían quedado los horrorosos hechos perpetrados por él mismo esa noche.  Su vida no valía nada y ahora, le tocaría vivir el infierno que le hizo padecer a aquella muchacha que solo quería el bien para ambos.
Fuente: La Calle

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